Cuando Inés recibió la llave del archivo, esperaba encontrar una habitación silenciosa. Había aceptado ordenar unas cajas antes de que el colegio trasladara los documentos. En la primera encontró fotografías sin fecha. En la segunda, una carta que empezaba «cuando regreses». No había firma ni nombre de destinatario. Inés imaginó una despedida, pero escribió en su cuaderno «lectura posible» antes de seguir. Su compañero Julián vio la carta y dijo que alguien había abandonado el colegio. Inés le mostró el inicio y preguntó si regresar no dejaba abierta otra posibilidad. Él señaló una mancha y la tomó por prueba de tristeza. Ella no sabía qué había producido esa marca. Podían construir un relato sobre el papel; aún no podían atribuir a una persona real el motivo de escribirlo. En el fondo apareció un sobre con el nombre de la antigua sala, pero estaba separado de la carta. Julián quiso juntarlos para completar una historia. Inés dejó ambos en carpetas distintas y anotó dónde los había encontrado. Antes de perder la paciencia, recordó que también ella había supuesto una despedida. La diferencia no estaba entre alguien que imaginaba y alguien que no: estaba entre conservar una posibilidad y presentarla como dato del archivo. Al salir, Inés devolvió la llave, pero pidió permiso para revisar otro día las cajas que faltaban. Julián sonrió y dijo: «Te quedaste». Ella ya cruzaba el corredor. No respondió; dejó su cuaderno sobre el escritorio. La frase no describía dónde estaba su cuerpo, y el gesto podía sugerir un compromiso que todavía no había explicado. La narración termina ahí, sin decir qué contenían las otras cajas ni qué historia elegiría Inés.