El consejo del colegio estudia abrir la biblioteca durante una hora después de clase. Quienes redactamos este editorial apoyamos una prueba de cuatro semanas, no una ampliación permanente aprobada de antemano. La propuesta puede ofrecer tiempo de consulta a estudiantes que comparten los libros en casa; esa ventaja merece examinarse junto con las condiciones que permitirían aprovecharla. En una consulta voluntaria, varias personas dijeron que usarían la nueva franja. El registro actual, sin embargo, cuenta préstamos y no identifica cuántos estudiantes distintos los hicieron. Estos dos aportes no se pueden sumar para obtener una población beneficiada: uno recoge una intención y el otro, operaciones ya realizadas. Tampoco conocemos todavía qué piensan quienes no respondieron. Una carta advierte que parte del alumnado depende de un transporte que sale al terminar la jornada. La dificultad no refuta la necesidad de libros ni significa que esas personas carezcan de interés por leer. Sí cuestiona que el nuevo horario resuelva su acceso. Por eso proponemos consultar también a quienes tendrían que marcharse antes de la apertura y estudiar una alternativa de préstamo durante el descanso. La prueba solo debería comenzar si hay una persona responsable y un acuerdo sobre cuidado del material. Al terminar, habría que comparar uso, obstáculos y costo con esas condiciones explícitas. Una asistencia alta no borraría las dificultades de quienes quedaron fuera. Defendemos ensayar una opción viable y revisarla: una buena intención inicia la discusión, pero no equivale al resultado que queremos alcanzar.