La exposición escolar Ventanas del recorrido reúne relatos originales sobre caminos cotidianos. Esta reseña examina cómo distribuye las voces, no si representa a cada persona del barrio. Su entrada incluye una escena de un trayecto al colegio y una nota que identifica al personaje como inventado. La escena puede sugerir experiencias reconocibles sin ser un testimonio recogido en la calle. En la segunda sección, tres textos narran el mismo cruce desde posiciones distintas. Uno observa la espera junto a una tienda; otro sigue el recorrido de una persona que llega tarde; el tercero permanece detrás de una ventana. Los relatos no necesitan describir los mismos detalles para construir un lugar compartido. La distribución invita a comparar qué puede conocer cada voz, aunque un cartel llama a la sección «la mirada del barrio» y amplía demasiado su alcance. Una entrevista a la organizadora explica que quiso dar espacio a versiones diferentes. Esa intención ayuda a entender la selección, pero no demuestra que cada visitante perciba el efecto buscado. En mi lectura, la separación de voces funciona mejor donde se conserva quién observa y qué ignora. Funciona peor cuando el cartel reúne experiencias ficticias como si fueran una opinión comunitaria. Recomiendo cambiar ese cartel y mantener los relatos, junto con una pregunta para visitantes sobre voces que podrían faltar. La exposición no se volvería un censo por recoger comentarios: las respuestas seguirían siendo voluntarias. Mi valoración favorable depende de una revisión concreta y se apoya en recursos de los textos, no solo en el propósito de su creadora. Los espacios en blanco pueden invitar a escuchar; para hacerlo, primero hay que reconocer que siguen vacíos.