La última página del relato tenía una frase tachada. El jurado del concurso escolar podía leer debajo «volveré», pero la versión enviada terminaba con una puerta cerrada. Camilo, uno de los lectores, propuso interpretar el final como una ruptura. Sara señaló que la protagonista dejaba una dirección para recibir correspondencia. El texto no decía que fuera a usarla; tampoco la retiraba. Ambos aceptaron que la separación ocurría y discutieron qué seguía abierto después de ella. Camilo quiso acudir a la frase tachada para cerrar la disputa: quien escribe volveré piensa regresar, sostuvo. Sara respondió que una redacción descartada mostraba una posibilidad del proceso de escritura, no una acción afirmada por la versión final. Podía ayudar a estudiar cómo cambió el cierre, pero necesitaban volver al relato efectivamente presentado. La dirección conservada y la puerta cerrada eran sus indicios comunes; cada lectura debía explicar los dos, en vez de elegir solo el que favorecía su conclusión. La autora visitó luego al jurado. Dijo que había querido dejar a la protagonista entre dos decisiones. Camilo creyó que esa intención resolvía el efecto del final. Sara anotó el comentario como información sobre el propósito, sin trasladarlo a cada lector. Preguntó si el texto construía esa tensión o si solo la anunciaba fuera de sí. No negó valor a la entrevista: distinguió lo que una creadora espera de lo que los recursos permiten argumentar. El acta del jurado valoró la tensión entre salida y vínculo posible. Una nota al margen dejó la objeción de Camilo: la puerta cerrada podía pesar más en su lectura y hacerle dudar del encuentro futuro. La nota no fue retirada para producir unanimidad. El premio reconoció un trabajo literario sin declarar una interpretación única. Al salir, Sara devolvió el borrador tachado a su carpeta; junto al relato conservó la pregunta que todavía les exigía leer.