En un pueblo inventado, el camino hacia la plaza tenía una piedra ancha en medio. Mar se sentaba allí a dibujar las casas mientras su abuelo conversaba en la tienda. Al lado de la piedra quedaba un paso estrecho por donde caminaban los vecinos. Una mañana, Mar vio a una señora acercarse con dos canastos. La señora giró de lado para pasar y uno de los canastos rozó la piedra. Mar recogió una naranja que rodó hasta sus pies y la devolvió. Al día siguiente, Mar llevó su cuaderno a un tronco junto a la cerca. Desde allí todavía veía los tejados, aunque el dibujo del campanario le quedó más pequeño. Cuando pasó la señora, los dos canastos avanzaron sin rozar la piedra. El abuelo encontró vacío el lugar donde Mar dibujaba y la buscó en la plaza. Al volver, vio a su nieta en el tronco y una naranja sobre el cuaderno. Mar le contó que la señora se la había regalado después de pasar con sus canastos. Esa tarde, Mar dibujó la piedra sin nadie encima. También dibujó a la señora caminando por el espacio que antes ocupaban sus rodillas. El abuelo miró la hoja y se sentó a conversar en el suelo, junto al tronco.