Me llamo Tomás. En el colegio nos pidieron contar una visita a la biblioteca. Yo había ido con Ana y pensé que podríamos usar el mismo relato. Recordaba que un libro cayó al suelo y que Ana lo recogió. Escribí que ella estaba asustada porque había hecho mucho ruido. Ana leyó mi hoja y negó con la cabeza. Dijo que no estaba asustada: se había agachado deprisa para evitar que alguien pisara el libro. Añadió que había visto a una niña acercarse con varios cuadernos que le tapaban parte de la cara. Yo estaba mirando al bibliotecario y no había visto a esa niña. Revisamos el relato juntos. Dejé mi recuerdo del ruido y escribí que Ana recogió el libro. Para explicar su prisa, añadí lo que ella me contó, indicando que eran sus palabras. No borré mi sorpresa: era lo que yo había sentido. Pero quité el miedo que le había atribuido. Después Ana escribió su propia versión. Empezaba con los cuadernos de la niña, no con el ruido. Al poner las dos hojas juntas, descubrimos que podíamos contar el mismo hecho sin empezar en el mismo punto. En ambas, el libro quedó sobre la mesa y nadie lo pisó. Cambiaba lo que cada uno había observado y cómo lo contaba.