Yo era un espantapájaros de camisa roja y sombrero viejo, plantado al borde de una huerta. Mi dueño, don Abel, me había hecho con paja y dos palos. Desde mi puesto veía brotar las semillas, pero mis pies no podían acercarse a las plantas. Una tarde el viento me quitó el sombrero y lo dejó al otro lado de la cerca. Pasó Nora, una niña que ayudaba a regar, y lo recogió. Antes de devolverlo, metió dentro unas semillas que encontró derramadas junto al cobertizo. Nora puso el sombrero en el banco y fue a buscar una bolsa para las semillas. Un gorrión se acercó al banco y picoteó el borde. Yo habría querido agitar los brazos, pero seguía quieto, con las mangas llenas de paja. Don Abel salió del cobertizo, tapó las semillas con un trapo y dejó caer unos granos en el suelo, lejos del banco. El gorrión bajó tras esos granos. Cuando Nora volvió, pasó las semillas a la bolsa y sacudió el sombrero antes de ponérmelo. Al día siguiente, Nora me saludó como si yo pudiera contestarle. Mi sombrero volvió a dar sombra sobre la camisa y la bolsa quedó colgada dentro del cobertizo. Desde el suelo, el gorrión miraba los granos que don Abel había dejado para él, fuera de la huerta.