En un colegio imaginario, la biblioteca tenía libros de cuentos, plantas y juegos. Estaban ordenados por tamaño para aprovechar los estantes. Una estudiante podía verlos, pero no sabía por dónde buscar un libro sobre semillas. La encargada decidió probar un catálogo: una lista que indica qué hay y dónde encontrarlo. El catálogo no cambió de lugar los libros. Cada ficha anotó el título, el tema y una letra que correspondía al estante. Para no confundir ejemplares con títulos, se hizo una ficha por cada título. Si había varios ejemplares, la cantidad se anotaba aparte. En un cajón se juntaron las fichas por tema. Durante la prueba, Camila buscó un cuento que conocía por su título, pero no recordaba el tema elegido para la ficha. Revisó dos grupos sin encontrarlo. La encargada añadió una segunda lista ordenada por títulos. Las dos listas usaban las mismas letras de estante; no eran dos bibliotecas diferentes. Al terminar la semana, el equipo registró qué búsquedas habían funcionado y cuáles necesitaban ayuda. No concluyó que el catálogo ya resolviera cada búsqueda. Lo dejó disponible y reservó una hoja para sugerencias. El propósito seguía siendo encontrar los libros: las letras y las listas eran herramientas, no una razón para cambiar los títulos o mover lo que ya cabía en los estantes.