Cuando Inés llegó a la finca de su tía, encontró una chaqueta de su abuelo colgada junto a la puerta. En el bolsillo había un sobre de semillas y una etiqueta casi borrada que decía «para octubre». El abuelo había vivido allí años atrás; ahora cuidaba un jardín pequeño en el pueblo. Inés quiso llevarle el sobre esa misma tarde, pero su tía le pidió mirar primero el cuaderno que él había dejado. En una página había un dibujo del patio de la finca con una franja junto al aljibe. La tía señaló esa franja y contó que antes crecía allí una enredadera que cubría el paso hacia el agua. En otra página, el abuelo había escrito que pensaba probar semillas distintas en macetas, lejos del paso. Una raya atravesaba el dibujo de la enredadera y una flecha apuntaba hacia tres macetas dibujadas al otro lado del patio. Inés miró por la ventana: allí estaban las macetas, vacías y con la tierra removida. Al llamar por teléfono, el abuelo preguntó si la tía había encontrado el sobre que dejó para las macetas. Inés le leyó la etiqueta y él recordó que aún faltaba comprobar qué semillas habían guardado. La tía acordó apartar el sobre hasta que él fuera a revisarlo con ellas el domingo. Antes de colgar, Inés contó que había estado a punto de llevar el sobre al pueblo. El abuelo le dijo que ese día no llevaba semillas para su jardín y le pidió que guardara también el cuaderno. Inés devolvió el sobre al bolsillo y dejó la chaqueta junto a las macetas, bajo el techo; el domingo leerían juntos las páginas antes de decidir qué sembrar.