En el primer descanso después de las vacaciones, Nico encontró cerrada la ventana del cuarto donde se guardaban las pelotas. Pensó que el profesor había cancelado los juegos. Había imaginado un partido desde la mañana y se quedó en el corredor, sin preguntar. Lina llegó con una bolsa de fichas de dominó. Le contó que la cancha seguía mojada por la lluvia de la noche y que el profesor estaba secando un camino hacia el patio cubierto. Nico miró sus tenis: la suela tenía barro del trayecto desde la entrada. Aun así, dijo que una ventana cerrada significaba que no podían jugar. Lina le propuso leer el aviso junto a la puerta. Decía: «Hoy, juegos de mesa en el patio cubierto. Las pelotas se prestarán cuando la cancha esté seca». Nico había pasado delante del papel al llegar, pero solo había visto el dibujo de una pelota. Su conclusión no tenía en cuenta las palabras. Caminaron por el paso que ya estaba seco. En una mesa había un tablero de ajedrez y en otra esperaban el dominó. Nico ayudó a repartir las fichas. Al final del descanso, la ventana del cuarto seguía cerrada. Nico ya no la miró como anuncio de un recreo vacío. No había jugado el partido que imaginaba, pero había aprendido a revisar una señal antes de decidir lo que significaba.