En esta situación ficticia, quinto propone poner nombre al camino peatonal que une el colegio con el parque. Hasta ahora, las familias lo llaman «el camino de atrás», aunque desde el parque se llega a la entrada principal. Dos grupos prepararon propuestas para una reunión con la comunidad. El primero pidió llamarlo «Camino de los guayacanes», porque junto a él crecen tres árboles de esa especie. El segundo eligió «Camino de doña Celia», una vecina que durante años acompañó a varios niños hasta el colegio. Doña Celia ya no hace ese recorrido, pero vive cerca y aceptó que se conversara sobre la propuesta. En la reunión, un padre explicó que los visitantes nuevos no conocen a doña Celia y podrían no entender el nombre. Una estudiante respondió que tampoco conocen la palabra guayacán. La jardinera añadió que los árboles se reconocen bien desde el parque, pero quedan ocultos por el muro al acercarse desde el colegio. Mi opinión es que el nombre no necesita explicar por sí solo toda la historia del lugar. Prefiero «Camino de doña Celia» acompañado de un letrero breve que cuente por qué la recordamos. Para orientar a quien llega desde cualquier extremo, propondría además señales con los destinos «colegio» y «parque», colocadas donde pueda verlas. Antes de decidir, me gustaría mostrar un ejemplo de los letreros a personas que nunca hayan usado el camino. También preguntaría a otras familias qué recuerdan del acompañamiento de doña Celia. Llevaría las observaciones a la siguiente reunión para revisar mi propuesta con ambos grupos.