Desde la puerta del salón de música, yo veía el brazo de Julián bajar tarde. Mi golpe llegaba antes que el suyo y el profesor detenía el ensayo. Durante una semana pensé que mi compañero quería hacerse notar. Cuando él preguntaba si podíamos empezar más despacio, yo miraba el reloj: la presentación del colegio sería el viernes y todavía nos faltaba ensayar el final. El jueves cambiaron de lugar los instrumentos. Me tocó la esquina que Julián había ocupado. Allí el ventilador hacía temblar una lámina y el sonido del tambor grande tapaba la entrada de la flauta. Levanté la mano tarde dos veces. Julián no se rio. Corrió su silla para que yo pudiera ver a Sara, que marcaba el comienzo con los dedos. Después del ensayo encontré, sobre su atril, una hoja cuadriculada. No tenía notas musicales, sino flechas y espacios entre nombres. Julián me explicó que dibujaba lo que alcanzaba a ver: a veces la flautista quedaba oculta detrás del tambor. Había probado una señal visual, pero no había conseguido que la miráramos. Doblé mi propia partitura y le pedí que me mostrara el dibujo completo. El viernes pusimos los instrumentos en semicírculo. La entrada salió bien hasta que Sara dejó caer una baqueta. Nadie dio el primer golpe. Yo habría entrado de inmediato durante el ensayo del lunes; esa vez esperé a que ella levantara la vista. Julián hizo una señal pequeña y pudimos continuar. El público oyó una pausa que no figuraba en la partitura. Al salir, una profesora felicitó al grupo por ese silencio: le había parecido parte de la música. No le dijimos que había sido un accidente. Tampoco quisimos anotarlo como una ocurrencia genial. En el patio seguimos hablando de dónde tendría que sentarse cada persona en la próxima presentación. Mi madre me preguntó si por fin Julián había aprendido a seguirme. Contesté que habíamos cambiado las sillas. Le pareció una respuesta incompleta. Mientras guardaba mi instrumento, vi la hoja de flechas dentro de mi carpeta y pensé que, esta vez, podía dejarla así.