Cuando salí del barrio llevaba una calle doblada en el bolsillo. No cabían sus árboles ni la tienda donde comprábamos pan. Cabía, en cambio, un papel con tres nombres escritos por mi hermana. Lo había arrancado de un cuaderno y las líneas azules cruzaban las letras. Al abrirlo durante el viaje, la calle volvía a extenderse entre mis manos. En la casa nueva, el corredor era más largo. Mi voz llegaba primero al otro extremo y regresaba después, pequeña, sin encontrar a nadie que la respondiera. Durante algunos días medí la casa por ese eco. Puse el papel en la mesa junto a la ventana, pero lo guardé en cuanto sonó el timbre. No quería explicar por qué una hoja rota ocupaba el lugar reservado para las llaves. Una tarde mi hermana llamó. Contó que habían cambiado de color la tienda y que un árbol ya no estaba. Le pregunté si seguía diciendo los tres nombres del papel al caminar. Se rio: allí nadie los decía así. Eran los nombres que les habíamos puesto de pequeños a las esquinas, según los juegos que inventábamos. Yo había empezado a usarlos también en mis recuerdos, sin añadir esa explicación. La semana siguiente salí a comprar pan cerca de la casa nueva. La señora del mostrador confundió mi nombre con el de otro muchacho; cuando volví, preguntó cómo se escribía. Lo anotó detrás de una bolsa. Ese pedazo de papel no tenía líneas azules. Al llegar, lo dejé en la mesa y no lo guardé cuando entró un vecino. Ahora la calle del bolsillo sigue doblada. No anoto el color nuevo de la tienda ni la falta del árbol. Tampoco la uso para indicarle el camino a alguien. Cuando la abro, mi hermana y yo aún doblamos una esquina a la que dimos nombre antes de aprender a leer los letreros. En el corredor, mi voz todavía vuelve más pequeña. A veces la alcanza otra voz desde la puerta. No llega desde el barrio anterior ni repite mis palabras. Mientras conversamos, el eco queda detrás de nosotros, esperando una pregunta que no hace falta gritar.