Yo, Simón, era el encargado de narrar la llegada de la carrera del colegio. Desde una mesa alta, al lado de la meta, distinguía las camisetas antes que los rostros. El equipo verde había preparado un cartel enorme y lo levantaba cada vez que aparecía alguien suyo. Cuando vi pasar a Laura, anuncié que la alegría de su equipo la había llevado hasta el final. La frase sonó bien por el parlante y la repetí durante la entrega de reconocimientos. Yo, Laura, no vi el cartel al llegar. En la última vuelta iba pendiente de poner los pies en la parte seca del camino. Antes había resbalado cerca de la fuente. A mitad del recorrido, una corredora de camiseta amarilla me avisó dónde empezaban las baldosas mojadas. No la conocía; después de cruzar la meta intenté buscarla, pero casi todas las personas llevaban chaquetas encima de las camisetas. Simón: Cuando escuché la explicación de Laura, pensé en corregir mi frase diciendo que la corredora amarilla la había llevado a la meta. Laura tampoco estuvo de acuerdo. Había recibido una advertencia útil, pero había elegido cómo cambiar el paso y había completado el recorrido. Mi segunda frase parecía más generosa que la primera; seguía explicando su carrera desde algo que yo no había observado. Laura: Al comienzo quería que se mencionara la ayuda. Después me preocupó convertirme en el ejemplo de alguien salvado por otra persona. Tampoco podía afirmar que sin la advertencia no habría terminado; tal vez habría visto el agua, tal vez no. Sabía qué me habían dicho y qué hice a continuación. No sabía contar la carrera que no había ocurrido. Simón: Escribimos juntos una nota para el mural. Incluimos la advertencia y el cambio de paso, y dijimos que Laura no había visto el cartel. Un compañero del equipo verde preguntó si eso quitaba valor a su apoyo. Laura respondió que su equipo la había acompañado antes de salir y la esperaba al final; el problema era hacer de aquel cartel la explicación de su llegada. La nota no suprimió el esfuerzo colectivo: corrigió el momento y el alcance que yo había inventado. Laura: La corredora de amarillo apareció el lunes y reconoció la escena. Recordaba haber avisado a varias personas en ese tramo. Me alegró conocer su nombre, pero la nota ya podía leerse sin llamarla salvadora. Al despedirnos, Simón miró la mesa desde donde había narrado. Le parecía más baja ahora que la carrera se había contado desde el camino.