En el bus de regreso, la lluvia escribía líneas sobre el vidrio y las borraba antes de terminarlas. Yo apoyaba la frente cerca de una esquina seca. Había pasado la tarde en casa de mi tía, escuchando nombres de personas que no conocí y mirando fotografías que ella sacaba de una caja. Pensé que aquella lluvia podía servirme de explicación: los recuerdos también se deshacían cuando intentaba llevarlos completos a mi casa. Mi tía no había contado una historia seguida. La imagen de un cumpleaños la llevaba a una mudanza; una cara recortada por el borde de la foto la hacía hablar de alguien que estaba fuera del encuadre. Cuando yo preguntaba el año, ella a veces recordaba qué canción se oía o quién había prestado las sillas. Anoté fechas aproximadas y dejé espacios vacíos. Me pareció que la libreta estaba quedando menos ordenada que la caja. En el bus abrí una fotografía que mi tía me había prestado. Se veía una mesa y, detrás, una puerta entreabierta. Ella había dicho que alguien llamaba desde el otro lado, pero no recordaba quién. Yo había escrito el nombre de su hermana menor, porque me parecía que debía ser ella. Miré la hoja: el nombre ocupaba el espacio donde antes solo había dejado un signo de pregunta. Lo taché con una línea que aún permitía leerlo. No quería olvidar qué parte había añadido yo. Detrás de la foto seguía una frase escrita por mi tía: «Ese día nos quedamos un rato más». No decía por qué ni quiénes eran ese nosotros. La frase era suya y yo podía conservarla así. Completarla con lo que imaginaba habría hecho más fluida la historia, pero también más difícil reconocer de dónde venía cada cosa. El bus se detuvo en una calle donde los charcos reflejaban las luces del comercio. Por un momento vi dos puertas en la fotografía: la de papel y la del local al otro lado del vidrio. La segunda desapareció cuando avanzamos. La primera quedó abierta a medias. Decidí que al volver preguntaría por la voz que mi tía recordaba, sin proponerle un nombre antes de escuchar su respuesta. Al llegar, el vidrio ya tenía caminos de agua en otra dirección. Guardé la foto entre dos páginas secas y dejé la libreta abierta sobre la mesa. No había logrado ordenar una vida en una tarde. Sí podía mostrar una fecha tentativa, una frase recibida, una corrección propia. Los espacios vacíos no eran la lluvia llevándose lo escrito: empezaban a ser lugares donde otra conversación podía entrar.