Mi madre había escrito cocina en una llave que ya no abría nada. La guardaba en el cajón de los cubiertos, junto a otras tres, y cada vez que yo ordenaba la casa encontraba una razón para dejarla allí. Aquel sábado iban a entregar el piso, y puse las cuatro llaves sobre un paño, como si alguien tuviera que reconocerlas en una rueda de sospechosos. Mi hermana Elena miró la pequeña etiqueta y dijo que la cocina había desaparecido antes que la cerradura. Se refería al tabique que tiramos para ampliar el comedor, pero yo oí otra cosa y guardé la llave en el bolsillo. Ella siguió envolviendo vasos sin insistir; desde la operación de mamá, habíamos adquirido la habilidad de hablar de muebles cuando no sabíamos hablar de ella. El encargado de la finca llegó con un recibo y preguntó por dos juegos de llaves de la puerta. Los encontró en la mesa de la entrada, no entre aquellas cuatro del paño. Firmamos la entrega, y me sorprendió que el trámite no exigiera explicar el cajón: mi inventario parecía muy serio, pero pertenecía a otra administración. Cuando Elena levantó el paño para guardar los cubiertos, cayeron unas semillas secas y un sobre sin abrir. Recordé que mamá las llevaba de una ventana a otra persiguiendo una claridad que en el piso duraba poco. Mi hermana barrió las semillas con la mano y dejó el sobre a mi lado, sin preguntarme si aquello también debía figurar en el recibo. En el autobús saqué la llave para enseñársela a Elena y vi que la etiqueta se había pegado a un billete viejo. Intenté separarla y rasgué el papel donde decía cocina. Elena me pidió el sobre de semillas; no prometió que brotarían, solo dijo que en su balcón la luz llegaba a primera hora. Al llegar a casa, puse la llave en un cajón vacío y el sobre junto a la ventana, todavía cerrado. Durante un momento tuve ganas de fabricar una etiqueta nueva, pero dejé el bolígrafo sobre la mesa. No había olvidado el nombre: empezaba a sospechar que repetirlo no era la única manera de conservarlo.