En la plaza de Valdelinde, un ayuntamiento imaginario propone sustituir la mitad de los bancos por terrazas. El folleto presenta la medida como una recuperación del espacio, porque contabiliza las mesas ocupadas y deja fuera de su inventario los bancos donde nadie compra nada. La discusión parece enfrentar actividad y abandono, aunque ese reparto de palabras ya decide qué usos merecen atención antes de que se escuche a quienes pasan allí la tarde. Conviene reconocer un argumento de los comerciantes: mantener limpio el lugar cuesta dinero, y las terrazas aportarán una cuota para sufragarlo. En la reunión, una librera recuerda que las personas sentadas suelen recomendar sus escaparates a otros paseantes. Su observación no permite calcular ventas, pero complica la idea de que solo produce valor quien consume en el momento. Un plano municipal conserva el número total de asientos sumando sillas de cafetería y bancos. Sin embargo, para ocupar una silla hay que hacer un pedido, mientras que una persona puede descansar en un banco sin justificar su presencia. La equivalencia numérica borra una diferencia de acceso: dos lugares de igual capacidad no prestan por ello el mismo servicio. También sería cómodo idealizar la situación anterior. Un grupo de vecinos cuenta que el centro de la plaza queda vacío a ciertas horas y que la iluminación resulta insuficiente. Estas quejas merecen respuesta, aunque convertirlas en una petición de más terrazas añade una conclusión que los vecinos no formularon. Propongo ensayar durante un mes una terraza pequeña, en la zona que ya carece de bancos, y registrar usos a distintas horas. El recuento debería distinguir estancias sin consumo y mesas ocupadas, además de recoger las dificultades de limpieza. Si se cuenta únicamente la facturación, la prueba contestará una pregunta comercial y se presentará equivocadamente como una evaluación del espacio compartido. La plaza puede alojar negocios sin concederles la definición de lo que allí importa. Cuando se revisen los resultados, habrá que escuchar también a quienes dejaron de acudir, pues una terraza muy llena no revela por sí sola a quién desplazó. El acuerdo merece llamarse recuperación solo después de explicar qué se recupera y para quién.