El sábado de la carrera, Nora llegó al polideportivo con el silbato que su abuelo le había regalado. Quería ser quien diera la salida. La entrenadora, Inés, le entregó en cambio una carpeta: debía anotar las llegadas. Nora guardó el silbato en un cajón y escribió los nombres apretando tanto que rasgó una esquina del papel. Al empezar, Dani se quedó detrás de los demás. En la primera vuelta, Nora vio que tenía un cordón suelto. Levantó la mano hacia Inés, pero la entrenadora estaba junto a un corredor que se había caído. Nora salió de la mesa y avisó a Dani. Cuando regresó, había dos casillas vacías: no había visto pasar a dos participantes. —Has dejado tu puesto —dijo Inés al revisar la hoja. Nora se encogió y señaló los huecos. Luego explicó lo del cordón. Inés no borró las casillas; pidió a otro ayudante que las completara con su registro. Después colocó una silla junto a la de Nora para que alguien pudiera quedarse allí si surgía otra urgencia. Al terminar, Inés preguntó quién quería dar la salida de la siguiente prueba. Nora miró el cajón y negó con la cabeza. Acercó la segunda silla a la mesa. El silbato seguía siendo suyo, pero ya no le parecía el único lugar desde el que se podía cuidar una carrera.