En la clase de Lengua preparamos una exposición sobre nuestro barrio. Mi equipo llevó una maqueta: casas de cartón, una plaza azul y un camino de papel que llegaba al instituto. La acompañamos con una explicación escrita para que pudiera entenderla quien no conociera las calles. Habíamos reducido los tamaños para que todo cupiera, pero conservamos qué lugares estaban al lado de cuáles. Al probarla, Julia siguió el camino y preguntó dónde estaba el paso para cruzar la avenida. En nuestra maqueta la franja de papel pasaba por encima de ella. El recorrido parecía continuo, aunque en la calle había que desviarse hasta un semáforo. Añadimos ese desvío y una nota: el camino más corto dibujado no era necesariamente el que se podía recorrer. Después llegó Leo, que utiliza una silla de ruedas. Señaló una escalera representada como una simple línea. Hasta entonces habíamos anotado las distancias, pero no las diferencias de altura. Incorporamos la rampa que conocía Julia junto al centro cultural. Leo dijo que era útil verla, aunque todavía habría que comprobar si esa rampa enlazaba con todo el recorrido. Al presentar el trabajo dejamos junto a la maqueta una hoja titulada «Lo que falta comprobar». No queríamos esconder los huecos: señalarlos ayudaba a interpretar el dibujo. Una maqueta selecciona información. Para orientar a alguien, su explicación debe decir también qué representa con precisión y qué ha simplificado.