La primera noche que sustituyó a su padre, Ada llegó a la cabina de proyección con un manojo de instrucciones que ya sabía recitar. Su padre había dibujado flechas en los márgenes de un manual y marcado con una cruz el minuto en que debía abrirse la luz de la sala. Al irse, le dijo que bastaba con seguirlas; Ada oyó en aquella confianza una despedida y no se atrevió a preguntarle cuándo pensaba volver. El cine proyectaba una película que Ada había visto desde pequeña, sentada detrás del cristal de la cabina. Reconocía los diálogos por el sonido amortiguado de los altavoces, pero apenas recordaba el rostro de los actores. Mientras comprobaba el foco, descubrió que uno de ellos miraba fuera de campo durante una frase que ella siempre había imaginado dirigida a su compañero. A las diez y diecisiete debía encender la luz, según la cruz del manual. En la pantalla aún aparecía una mujer sentada junto a una estación, con una maleta entre los pies; Ada esperó, pensando que la copia tendría un tramo añadido. Antes de que la mujer se levantara, un espectador se puso en pie y comenzó a buscar algo debajo de su asiento. Ada acercó la mano al interruptor y volvió a mirar las instrucciones. En una esquina casi borrada leyó una nota de su padre: la señora del pasillo necesita ver el último escalón. La nota no decía nada del argumento de la película y tampoco indicaba desde cuándo se encendía así la sala; una costumbre que había tomado por un detalle técnico dejaba entrever a una persona concreta. Encendió una luz lateral y dejó el resto en penumbra. El espectador recogió una cartera, se sentó y volvió a mirar la pantalla, mientras la mujer de la estación se alejaba sin maleta. Ada pudo ver aquel gesto por primera vez sin que la luz del techo lo diluyera, pero no sabía si la señora mencionada por su padre seguía acudiendo o si aquel escalón era el único que exigía cuidado. Al terminar, salió al pasillo y recorrió la escalera con las luces laterales encendidas. Desde el penúltimo peldaño no distinguía bien el borde del último, de modo que anotó una revisión de iluminación para la siguiente sesión. La cartera recuperada había resuelto una necesidad visible; no contestaba por sí sola a la advertencia conservada en el manual. Cuando telefoneó a su padre, Ada le contó el ensayo de luz y le preguntó por la señora del pasillo. Él recordó el abrigo que llevaba y pidió que le avisara cuando volvieran a pasar la película. Ada puso el manual en el estante, sin borrar la cruz, y dejó su propia nota junto a la otra; las instrucciones ya no parecían una voz que hubiera terminado de hablar.