Me encargaron el acta porque, según dijeron, yo había hablado poco. En el salón de la asociación seguían los vasos de la reunión, cada uno con un círculo de agua que parecía señalar el lugar exacto de una intervención. Abrí el cuaderno y escribí que la propuesta se había aprobado sin objeciones; era una frase cómoda, suficientemente corta para que la recordara antes de consultar mis notas. La propuesta consistía en cerrar el local los miércoles y ceder la sala a un curso de música que pagaría la calefacción del invierno. Recuerdo que yo había calculado el coste en voz alta, aunque al final no levanté la mano. En mi cuaderno, junto a la cifra, aparece la palabra esperar con una raya debajo; no recuerdo si la escribí para mí o si la dijo otra persona. Inés llamó esa tarde para preguntarme dónde figuraría su intervención. Le dije que tenía anotado el asunto de la calefacción y que iba a recoger el acuerdo, no cada conversación. Ella hizo una pausa y respondió que, cuando preguntó dónde se reuniría el grupo de apoyo de los miércoles, nadie le había contestado; después se oyó un timbre y la llamada terminó. Busqué el nombre del grupo en la carpeta de actividades y encontré una hoja con cuatro fechas canceladas durante el verano. Estuve a punto de usarla para demostrar que la sala apenas se utilizaba, pero al darle la vuelta apareció la fecha de septiembre y una petición de llaves para el invierno. Dejé las dos caras abiertas sobre la mesa, aunque para hacerlo tuve que tapar una parte de mi cuaderno. Redacté una segunda versión: se aprobó el curso de música y quedó pendiente buscar otro espacio para el grupo de apoyo. La frase parecía distribuir con justicia el acuerdo y la dificultad, hasta que vi que atribuí a la reunión una búsqueda que nadie había encargado. Si Inés la leía, encontraría su problema dentro de una promesa; si la leían los demás, podrían creer que ya habían asumido esa promesa. Al día siguiente envié a la presidencia las dos versiones y una nota que preguntaba cómo debía constar una cuestión sin respuesta. Me devolvieron el documento con la palabra pendiente subrayada y la indicación de que había que aprobar el acta en otra reunión. No supe si querían corregirme o ganar tiempo; por primera vez esa incertidumbre no me pareció una razón suficiente para completar la frase por mi cuenta. Antes de apagar la luz, volví a mirar los círculos que habían dejado los vasos. Ya estaban secos y apenas se distinguían sobre la mesa, pero no por eso había habido menos gente. En el encabezamiento del archivo añadí borrador y dejé un espacio después de la pregunta de Inés, un espacio que todavía no sabía convertir en acuerdo.