Mi primo Bruno encontró un mapa entre las páginas de un atlas viejo. Tenía una cruz roja detrás del invernadero y una nota: «Volver aquí antes de que cambie el tiempo». Me dijo que el abuelo había escondido algo. Yo recordé que en aquella casa nadie encontraba las llaves a la primera y pensé que esconder un tesoro habría sido demasiado trabajo para él. Fuimos al invernadero con una pala. Bruno buscó el punto exacto contando pasos desde la puerta. Yo me senté sobre un murete y vi que una esquina del mapa estaba manchada de verde. Había una segunda cruz, muy tenue, junto al aljibe. Bruno dijo que sería una corrección; yo preferí no señalar que la nota del reverso decía «llevar cuerda». Si el tesoro necesitaba cuerda, empezaba a interesarme. La abuela nos encontró cuando ya habíamos levantado un pequeño montón de tierra. No se rio. Nos pidió que le enseñáramos el mapa y abrió el cajón donde guardaba sus libretas. En una página aparecían las mismas cruces junto a dos nombres de plantas. «Tu abuelo quería trasladarlas antes del frío», explicó. La cuerda había servido para sujetar los tallos. Bruno dejó la pala de pie y miró el agujero. Yo iba a decir que ya lo sabía, pero la abuela encontró en mi bolsillo el papel donde había dibujado un cofre. Me lo devolvió sin comentar nada. Rellenamos el agujero y llevamos las macetas al cobertizo. Bruno guardó el mapa; yo guardé el dibujo. Durante la cena conté que habíamos descubierto un plan de jardinería. No mencioné cuánto tiempo me había pasado imaginando la cerradura del cofre.