El reloj de la cocina se paró un martes cualquiera. Mi padre quitó la pila y la dejó junto a la cena. Aún marcaba las siete cuando dieron las diez fuera. Seguimos hablando un rato; no miramos la esfera. Al día siguiente, temprano, la taza esperaba al borde. Mi padre buscó su chaqueta con el pan a medio corte. Yo señalé aquellas siete que llegaban tan despacio. Él se rio sin sentarse y volvió a mirar su brazo. El reloj de la cocina ya tiene la pila nueva. Las agujas han corrido lo que no corrió la mesa. La silla sigue vacía cuando yo termino el plato. Mi padre deja una nota: «Hoy vuelvo un poco más tarde». No quiero parar las calles ni las horas de su trabajo. Solo que un martes cualquiera la mesa nos haga espacio. Si el reloj vuelve a callarse, no será porque lo apague. Quiero escuchar la pregunta que aquella noche dejé en el aire.