La obra que el grupo del barrio representó el viernes se titula «La ciudad debajo del escenario». Comienza con una niña que busca a su hermano en una estación. Solo hay tres bancos y un reloj de cartón. Cuando los actores cambian la posición de los bancos, la estación se convierte en un puente o en la entrada de una casa. El programa prometía «una ciudad construida con poco». La pobreza de objetos podría parecer un límite, pero en la escena del puente funciona como una invitación a imaginar. La protagonista camina despacio entre dos bancos separados. Uno de los actores mueve el reloj detrás de ella y produce un sonido de agua con papel. No vemos un río; entendemos el miedo a cruzar por la pausa de la niña y por el espacio que evita pisar. En cambio, la escena de la casa me resultó difícil de seguir. Un personaje decía recordar una conversación de hacía años, pero hablaba con el mismo tono y en el mismo lugar que en la escena anterior. Varios espectadores pensamos durante un momento que el hermano acababa de llegar. Una luz diferente o una entrada más clara habría ayudado a distinguir recuerdo y presente sin añadir muebles. El final vuelve a la estación. La niña encuentra la bufanda del hermano en un banco y decide esperar. La obra no cuenta si él regresará. Ese cierre me pareció coherente con el reloj, que cambia de sitio pero nunca avanza: la búsqueda transforma los lugares y conserva una espera. Recomendaría la representación a quien disfrute completando lo que no se muestra; advertiría también de la transición confusa hacia el recuerdo.