18 de abril. Salí al amanecer para fotografiar el puerto vacío. Quería presentar la imagen al concurso del instituto: el tema era «Un lugar que creías conocer». Desde el puente vi las barcas quietas y una luz dorada que dejaba las grúas casi bonitas. Encuadré de forma que no apareciera el edificio de oficinas. Por un instante pensé que, si quitaba todo lo moderno, el puerto parecería más verdadero. Entonces entró en el encuadre una mujer con un chaleco reflectante. Caminaba hacia una de las barcas. Esperé a que se fuera, pero empezó a pasar cajas a un hombre que estaba dentro. El hombre hizo un gesto hacia mi cámara. Bajé el objetivo. «Desde ahí solo ves las barcas dormidas», dijo. No supe si lo decía como invitación o como reproche. Me acerqué y pregunté si podía mirar el trabajo. La mujer señaló un lugar fuera del paso y siguió moviendo cajas. No posaron. Vi que la barca que yo había tomado por abandonada recibía material nuevo y que la oficina apagada del principio acababa de encenderse. El puerto no estaba despertando para mi fotografía: llevaba una actividad que yo no había visto desde el puente. 19 de abril. Ayer volví sin la imagen dorada. Hice una foto desde el lugar que me señalaron, con una esquina de las oficinas y las cajas ya colocadas. Antes de entregarla quiero preguntar si quienes aparecen están de acuerdo. Todavía me gusta la luz de la primera escena. Lo que ya no me gusta tanto es llamarla «el puerto vacío» como si mi encuadre fuera una descripción de todo el puerto.