Carta de Álex a su tía. Me pediste que copiara para la exposición una frase de la libreta del bisabuelo. Elegí la que cuenta su llegada al pueblo: «Cuando entré en la casa, todavía olía a hogar». En mi copia sustituí «hogar» por «casa», porque me pareció más claro. Pero al leer la frase completa, «Cuando entré en la casa, todavía olía a casa», vi que había perdido algo. No sé si cambiarla por «familia». Quizá era eso lo que quería decir. Respuesta de la tía. En esa libreta hay una lista del mismo día: ceniza, leña, un saco de patatas. Tu abuela me contaba que llamaban hogar al lugar de la cocina donde encendían el fuego. Ese uso también está en las conversaciones que recuerdo, aunque no puedo asegurar qué pensaba él al escribir la frase. No sustituiría la palabra por «familia». Podría ser una interpretación hermosa y aun así alejarse de lo que el texto permite afirmar. Segunda carta de Álex. Encontré más adelante «apagaron el hogar antes de acostarse». Ahí la relación con el fuego parece más clara. Voy a conservar la frase de la llegada y añadir una nota sobre ese uso, citando el otro pasaje. La exposición permite notas del editor. No diré que he recuperado la emoción exacta del bisabuelo: me gusta imaginarla, pero no la encuentro escrita. Separaré la transcripción, la explicación del término y mi comentario personal. Última respuesta de la tía. Me alegra que no hayas eliminado tu comentario; recordar también es conversar con quien ya no está. Solo hay que permitir que el lector sepa cuándo habla la libreta y cuándo hablamos nosotros. Llevaré la copia que hizo tu abuela: no conserva la fecha, pero sí la misma palabra. Servirá para cotejar esa lectura; no para dar fecha al viaje. Si hallamos otra página, podremos ampliar la nota. La exposición no tiene por qué fingir que una familia conoce todas las respuestas.