Cuando volví a la plaza, la estatua del viajero me pareció más pequeña. Yo había pasado tres veranos fuera y traía una fotografía que mi padre tomó cuando era niño. En ella, mi cabeza apenas alcanzaba la base de piedra. Ahora podía apoyar el codo sobre el borde. Dije a mi hermana que seguramente la habían bajado durante las obras. Ella me pidió que mirara las ventanas del edificio del fondo: la estatua seguía a la misma altura respecto a ellas. No me convenció. Recordaba una figura solemne, mirando hacia un camino que yo imaginaba interminable. La que tenía delante parecía inclinarse hacia la parada del autobús. Mi hermana dijo que habían trasladado la parada, no la estatua. En vez de contestar, giré la fotografía para que el camino de mi recuerdo coincidiera con la calle. La imagen incluía un árbol que ya no estaba y ocultaba el quiosco con el abrigo de mi padre. El dueño del quiosco salió a recoger unas cajas. Le pregunté si habían cambiado al viajero. Se acercó a la fotografía y reconoció el abrigo. «Tu padre venía después de trabajar. Te sentaba aquí para que pudieras ver la cara de la estatua», dijo, señalando un saliente. No añadió nada sobre las obras. Mi hermana comparó entonces mi postura en la foto con el lugar donde estaba yo de pie. Había confundido lo que veía sentado arriba con lo que recordaba haber visto desde el suelo. Aun así, antes de irnos rodeé la figura buscando una marca de que la hubieran desmontado. Encontré una letra raspada en la base: la inicial que había hecho con una piedra cuando era pequeño. No la señalé. Mi hermana preguntó si por fin me parecía la misma estatua. Contesté que sí, aunque prefería la antigua. Ella no discutió. Caminamos hacia la parada nueva y dejé de intentar orientar la fotografía; la guardé junto a los billetes de vuelta.