El concurso de fotografías del barrio dejó una colección luminosa: casi todas las imágenes premiadas mostraban la fuente central de la plaza recién pintada. En la exposición había reflejos, chorros y niños de espaldas. Me gustaron muchas fotos. Sin embargo, al salir vi a un vecino apoyado en la valla porque el banco del lateral seguía retirado. No aparecía en ninguna imagen premiada. Eso no convierte las fotos en falsas; sí obliga a pensar qué historia estamos construyendo con ellas. La convocatoria valoraba la composición y el uso de la luz. No pedía un informe sobre el estado de la plaza. Sería injusto reclamar a cada participante un inventario de lo que faltaba. El problema comienza cuando el cartel de la exposición usa esas fotografías para anunciar «La plaza, recuperada para el barrio». El premio artístico y el balance del espacio público responden a preguntas diferentes. Un encuadre puede cumplir la primera y resultar insuficiente para la segunda. Quien organizó la muestra dice que también se recibieron fotos del lateral sin banco, aunque no obtuvieron premio. Propongo incluir algunas en una sección de conversación, con los permisos de sus autores. No para corregir el gusto del jurado ni premiar por obligación lo desagradable. Para permitir que la exposición enseñe su propia selección y que los visitantes puedan hablar de usos distintos: mirar la fuente, jugar, descansar o cruzar la plaza. Quizá ese añadido haga menos rotundo el cartel, pero puede volverlo más útil. La belleza de la fuente no pierde valor porque una persona necesite sentarse. Tampoco un banco pendiente demuestra que toda la renovación haya fracasado. Podemos celebrar una mejora y pedir otra a la vez. Preferiría que la muestra terminara con una pregunta sobre qué falta para compartir la plaza, en lugar de presentar el reflejo más brillante como la última palabra sobre ella.