Para el periódico del instituto entrevistamos a Vera, que escribe reseñas de conciertos en una revista del barrio. Le preguntamos por qué firma sus textos si a veces critica a músicos que conoce. «La firma permite que me pidan razones», respondió. «Pero conocerlos no me obliga a recomendar lo que no me gusta. Sí me obliga a describir con cuidado qué ocurrió, porque una frase vaga puede hacer daño sin explicar nada». PREGUNTA: ¿Cambiaste alguna reseña después de hablar con el grupo? VERA: Cambié una. Escribí que un cantante había llegado tarde a propósito para hacerse esperar. La hora estaba comprobada; la intención me la había inventado. Me contaron que el vehículo se había averiado. No pude verificar la avería por mi cuenta, así que retiré la intención y recogí su explicación como lo que ellos afirmaban. La opinión sobre la actuación se mantuvo: empezó con problemas de sonido. PREGUNTA: Entonces, ¿pedirles su versión convierte la reseña en un texto suyo? VERA: No si conservo mi responsabilidad. Una música me pidió que quitara una crítica a su guitarra. Le pregunté qué dato era incorrecto. Me dijo que no había error, pero que le molestaba leerlo. Revisé la grabación y escuché de nuevo las notas que comentaba. Mantuve la crítica y cambié una comparación burlona que aportaba menos que la descripción. No fue un acuerdo sobre cuánto podía opinar. PREGUNTA: ¿Y cómo sabe el lector cuándo hablas de un hecho y cuándo de una impresión? VERA: Procuro señalarlo. Puedo escribir que el concierto duró una hora si lo he cronometrado. Si digo que la última canción pareció muy breve, cuento una experiencia de escucha. También explico qué me produjo esa impresión. A veces releo una frase y descubro que mi adjetivo suena a medida: «una actuación interminable» no debería confundirse con la duración registrada. Firmar no vuelve exacto lo que escribo; me compromete a revisarlo.