En la clase de Alba hay una caja de sonidos. Dentro no se guardan grabaciones, sino tarjetas. Cada tarjeta cuenta un sonido que alguien oyó en el colegio y explica dónde estaba cuando lo escuchó. Leo escribió que una puerta golpeaba. Alba anotó que el viento movía la puerta del pasillo. Las tarjetas se pusieron juntas: podían hablar del mismo ruido, aunque cada persona se había fijado en algo distinto. Otra tarjeta decía que el patio sonaba alegre. La maestra pidió añadir qué se había oído. Su autora escribió después: risas junto al arenero y una pelota que botaba cerca de la fuente. Al leer la caja, el grupo prepara un paseo para escuchar. No busca adivinar quién escribió más tarjetas. Quiere saber qué rincones conoce bien y cuáles todavía necesita visitar. La caja sigue abierta para añadir nuevos descubrimientos.