En una exposición ficticia de objetos del barrio, una jarra reparada ocupa la vitrina principal. A su lado hay una réplica que un taller hizo para que los visitantes puedan tocarla. La copia reproduce el tamaño y la forma, pero no la grieta del asa. El folleto dice que ambas permiten conocer la jarra. Esa afirmación es defendible si se precisa qué conocimiento aporta cada una. Deja de serlo si convierte la posibilidad de tocar en equivalencia de todas las experiencias. Una visita escolar empieza por la réplica. Al levantarla, el grupo entiende por qué el asa permite sujetar el recipiente y cuánto espacio ocupa entre las manos. Después, frente a la vitrina, una alumna pregunta por la grieta. La ficha explica que se reparó, aunque no conserva una fecha de la rotura. El profesor propone imaginar quién pudo romperla, pero distingue esa invención de lo que acredita la ficha. La copia facilitó una pregunta sobre el uso; el original abrió otra sobre la historia. No hay motivo para oponer ambas funciones como si una fuese auténtica y la otra inútil. La réplica resuelve una limitación de acceso: se puede manipular sin arriesgar la pieza reparada. Sin embargo, si el folleto solo muestra su fotografía limpia, la grieta desaparece del relato. Añadir una imagen del asa reparada y una nota sobre la diferencia permitiría conservar la utilidad de la copia sin borrar la singularidad del objeto. No hace falta inventar una fecha para reconocer que existe una reparación. La decisión depende del propósito de la exposición. Si pretende enseñar una forma de agarre, la réplica tiene una ventaja práctica. Si quiere contar la trayectoria de esa jarra, deberá incluir sus marcas y decir qué se desconoce. Una misma institución puede ofrecer ambos recorridos. El problema no es que la copia sea menos verdadera como objeto: es que una explicación la haga responder preguntas que no puede resolver. A veces preservar consiste en guardar una pieza; otras, en no borrar la pregunta que una grieta permite hacer.