El lunes me pidieron que escribiera una crónica del homenaje a la directora del coro. Yo había llegado tarde, justo cuando el público se levantaba. Oí un aplauso largo y vi a la directora llevarse una mano al pecho. Escribí en mi cuaderno: «La sala reconoció una trayectoria sin fisuras». La frase me gustó tanto que la subrayé antes de preguntar nada. Durante años había cantado bajo sus indicaciones y me parecía natural entender aquel gesto como agradecimiento. En el vestíbulo, Tomás, que había abandonado el coro el curso anterior, me dijo que el discurso había mencionado una temporada de conflictos. «Nos pidió disculpas por no escuchar cuando quisimos cambiar los ensayos», explicó. Le pregunté si por eso había aplaudido. Contestó que sí, pero no porque todo estuviera resuelto. Quería reconocer la disculpa y comprobar después si se cumplía el horario nuevo. Su versión me pareció demasiado pequeña para el homenaje que yo quería contar. La directora me envió el texto de su discurso. Había una página sobre los conciertos y otra sobre el desacuerdo. En esta última no hablaba de un malentendido sin responsables: decía que había tomado decisiones antes de escuchar a algunos cantantes. El nuevo horario figuraba en un documento adjunto, con una reunión de seguimiento para el mes siguiente. Leí otra vez «sin fisuras». Mi frase había usado un aplauso que sí escuché para borrar palabras que no había oído. Entregué una crónica que comenzaba con la sala levantándose y terminaba con la reunión todavía pendiente. Conservé la mano sobre el pecho y atribuía a Tomás su motivo para aplaudir, sin hacerlo portavoz de las demás personas. La editora me preguntó si podía cerrar con «una reconciliación completa». Estuve a punto de aceptar: era una frase más redonda que una fecha de reunión. Miré la página donde la directora reconocía su decisión y dejé el cierre abierto. Esa tarde me costó más borrar tres palabras que escribir las otras seiscientas.