A las seis, delante del cine Albor, una fila daba la vuelta a la esquina. Vine a contar la sesión de estreno que el barrio había organizado para mostrar películas de estudiantes. Desde la acera opuesta, una imagen de la fila parecía suficiente para anunciar «Entradas agotadas antes de abrir». Crucé para preguntar a quien estaba al final y llevaba una carpeta verde. «Vengo a recoger el cartel que presté», me dijo. Me indicó que quienes esperaban entradas estaban junto a la puerta principal. La fila larga avanzaba hacia una mesa lateral. Allí una voluntaria devolvía materiales utilizados durante la preparación: paneles, carteles y cables. Entre quienes esperaban había personas que no asistirían a la sesión. La voluntaria anotaba cada devolución, no cada visitante. Una señora recibió dos paneles y pidió ayuda para llevarlos. La carpeta verde acabó bajo su brazo mientras su dueño cargaba uno de ellos. En mi primera foto no se veía la mesa; solo las espaldas orientadas hacia ella. Junto a la entrada, varias personas miraban un papel pegado al cristal. Avisaba de un cambio: una de las películas no se proyectaría porque su equipo no había completado la edición. El resto del programa seguía. Había espectadores que decidían quedarse y otros que preguntaban por una sesión posterior. El encargado me enseñó el número de plazas disponibles, pero no me dio una cifra de espectadores hasta cerrar el acceso. «Una consulta no es una entrada», dijo cuando vio mis notas. La función empezó con una pantalla que mostraba los nombres de quienes habían preparado cada corto. Escribí mi crónica desde la última fila de butacas. La abrí con la carpeta verde y el panel compartido, y distinguí las devoluciones de la espera para entrar. No oculté la película ausente ni describí la sesión como un fracaso total. Cuando se apagaron las luces quedaba una butaca libre a mi lado. La fotografía de la esquina me había dado una escena; acercarme me obligó a cambiar la historia que estaba dispuesto a contar.