Cuando repartieron los papeles de la función, Diego pidió ser el viajero. Había aprendido su intervención y llevaba una maleta vacía. A Lucía le tocó narrar desde una silla. Ella propuso cambiar los turnos durante los ensayos para que cada cual conociera el trabajo de los demás. Diego aceptó sin entusiasmo. Cuando se sentó a narrar, leyó deprisa para llegar al momento del viaje. Lucía, que llevaba ahora la maleta, se quedó quieta: el relato aún no había explicado por qué debía salir. Diego volvió atrás, y ambos acabaron hablando a la vez. En el siguiente intento, Diego miró a Lucía antes de comenzar cada frase. Dejó una pausa cuando ella levantaba la maleta y esperó a que alcanzara la puerta. Desde su silla descubrió que también podía ayudar a que el viaje pareciera largo, aunque no diera un paso. El día de la función recuperaron sus papeles. Lucía hizo una pausa antes de la despedida; Diego esperó y luego cerró la maleta. Al saludar al público, acercó su silla a la de ella. En su dibujo de la obra, el viaje empezaba entre aquellas dos sillas.