Nuestro grupo prepara un mural sobre la historia de la plaza. Tenemos una foto antigua, un plano reciente y recuerdos de varias familias. Propuse dejar un recuadro vacío para las preguntas que aún no hemos resuelto. Un compañero pensó que eso haría parecer el trabajo inacabado y pidió rellenarlo con un dibujo de cómo imaginamos la plaza anterior. El dibujo puede ser interesante si lo presentamos como una imaginación. Mi preocupación es que, colocado entre fotos y planos sin una explicación, parezca un documento del pasado. Por ejemplo, una familia recuerda árboles cerca de la fuente y otra los sitúa junto a una pared. Todavía no sabemos si hablan de la misma época. Por eso prefiero escribir la duda y conservar las dos versiones con su procedencia. No implica que ambos recuerdos sean falsos. Puede que la plaza cambiara o que cada persona recuerde un rincón distinto. Un espacio de preguntas permite decidir qué buscar después, en lugar de esconder la diferencia bajo una imagen convincente. Entiendo que el mural necesita atraer a quien pasa. Podemos usar un título visible y un dibujo claramente rotulado como propuesta imaginada. Pero su aspecto no debería borrar los límites de lo que conocemos. Mi idea es terminar ahora una exposición honesta y ampliarla cuando aparezca una prueba nueva. Si alguien trae otra fotografía, revisaremos el recuadro y anotaremos qué duda ayuda a resolver, sin convertir cualquier material recién llegado en una respuesta automática.