Martín acompañó a su abuelo a la estación para recibir a su tía. Llevaba una carta donde había dibujado lo que quería enseñarle durante la visita: el taller, la plaza y el árbol bajo el que jugaban. Había escrito una pequeña explicación al lado de cada dibujo. Su abuelo le preguntó si pensaba entregarla al llegar o leerla con ella más tarde. En el andén anunciaron un retraso. Martín dejó la carta sobre el banco para mirar el panel. Cuando volvió, un viajero la sostenía. El hombre le preguntó si aquello era un plano para llegar al taller. Martín contestó que era para su tía y recogió la hoja, algo molesto. No había querido orientar a un desconocido. Al rato, el viajero preguntó a una empleada por una calle. Tenía una cita cerca del taller y no sabía qué salida tomar. Martín miró su carta: había dibujado los lugares que le gustaban, pero no las dos salidas de la estación ni el camino entre ellos. Su abuelo esperaba a su lado y le ofreció una hoja del cuaderno. Martín copió el pequeño plano de salidas que había en la pared y preguntó a la empleada cuál conducía a la calle buscada. Dio el nuevo dibujo al viajero. Cuando llegó su tía, le entregó la carta original. Ella le pidió que la leyera con calma. Martín sonrió: había hecho dos hojas para dos personas, y cada una necesitaba cosas diferentes.