En verano, Vera ayudaba a su abuela en el taller de marionetas. Una tarde prepararon una escena de barcos para el barrio. Vera había pintado el mar con tantos azules que se pasó un buen rato mirándolo. Su abuela colocó una linterna detrás de una tela y movió la silueta de un barco. En el ensayo, Vera quiso iluminar también el mar para que se vieran sus colores. Acercó otra linterna desde delante. El barco dejó de destacar y parecía pegado a la tela. Vera pensó que había estropeado su pintura. Apagó la luz y se sentó junto a la caja de pinceles, sin contestar cuando su abuela le preguntó qué había observado. La abuela puso la pintura sobre una mesa, fuera de la tela. Le pidió que mirara por separado las dos escenas. Con la linterna detrás, el barco cruzaba una noche oscura. Con la pintura delante y una luz suave desde arriba, parecía navegar al amanecer. Vera dejó de intentar que ambas cosas se vieran a la vez y propuso cambiar de escena al comenzar un nuevo día del relato. En la representación, el mar azul apareció después de la noche. Una niña del público preguntó si el barco había dormido. Vera se rio y movió la marioneta despacio, como si acabara de despertarse. Al recoger, guardó las dos linternas en la misma caja, pero puso una etiqueta distinta en cada una. Ya no las consideraba rivales: cada luz encontraba su momento.