En el pueblo imaginario de Puerto Claro, Samuel preparaba con su padre una exposición de maquetas. Había construido un faro que cabía en el bolsillo de su chaqueta. Le gustaba sostenerlo cerca de los ojos y ver los escalones pintados en la puerta. Su padre recordó que los visitantes lo mirarían detrás de una cuerda, desde cierta distancia. Samuel hizo una segunda maqueta, más grande. Para terminar a tiempo, dejó fuera algunos detalles de la puerta y agrandó la linterna de la torre. Al compararlas desde la cuerda, la grande se reconocía enseguida. Su hermana prefirió la pequeña porque podía descubrir algo nuevo cada vez que la giraba. Samuel pensó que debía elegir cuál de las dos era la buena y esconder la otra. Al día siguiente, la bibliotecaria visitó el taller para preparar los carteles. Preguntó si el público podría acercarse en algún momento y si se permitiría tocar las piezas. El padre explicó que las maquetas grandes estarían tras la cuerda y que habría una mesa de exploración supervisada con objetos resistentes. La pequeña era delicada, pero Samuel podía construir una base firme para mostrarla de cerca sin ponerla en manos de los visitantes. Samuel preparó esa base con ayuda. Colocó el faro grande en la exposición general y el pequeño en la mesa, protegido y acompañado de un cartel que invitaba a comparar lo que se veía desde cada lugar. Durante la visita, un niño volvió de la cuerda a la mesa y señaló la puerta minúscula. Samuel ya no sintió que su hermana y su padre hubieran juzgado dos trabajos enfrentados. Habían mirado desde lugares diferentes. Al recoger, guardó las dos maquetas y también el cartel: la distancia formaba parte de la historia de aquellos faros.