La compañía de teatro del colegio iba a representar una historia de despedidas en la residencia del barrio. Elena había escrito el final: la protagonista encontraba una maleta antigua y recordaba a quien se había marchado. En el último ensayo todos lloraban un poco, y Elena estaba convencida de que aquello significaba que la escena funcionaba. Antes de la visita, Rosa, una residente, leyó el guion. Le gustaron varias conversaciones, pero preguntó por qué los personajes dejaban de hablar justo después de abrir la maleta. Elena respondió que el silencio expresaba tristeza. Rosa contó que ella conservaba cartas de una amiga que vivía lejos y que, al leerlas, a veces se reía. No pidió cambiar la historia: quería saber si la maleta solo podía traer pena. Elena volvió al texto. Encontró una escena anterior donde las amigas se prometían aprender a cocinar juntas. Esa promesa desaparecía al final, aunque dentro de la maleta había una receta. Propuso que la protagonista leyera una frase de la carta y decidiera probar la receta con otra persona. Un compañero temió que las risas borraran la despedida. Elena mantuvo una pausa antes de leer y dejó que la voz temblara al pronunciar el nombre de la amiga. Durante la representación, algunas personas sonrieron cuando cayó harina de una cuchara; otras permanecieron serias. Elena no pudo saber qué recuerdo despertaba la escena en cada una. Al recoger, Rosa le dijo que le había gustado que la maleta siguiera abriéndose después de la tristeza. Elena guardó los dos finales en su carpeta. En el margen del primero escribió una pregunta sobre lo que podía ocurrir después, en lugar de marcarlo como un final equivocado.