Para escribir un relato de su colonia, Lucía llevó un cuaderno al taller de bicicletas de su tío. Quería registrar cómo había cambiado la calle desde que él era joven. El tío aceptó hablar, pero aclaró que sus recuerdos no eran los de todos los vecinos. Lucía anotó esa advertencia en la primera página. Él contó que, cuando reparaba una bicicleta, las personas solían quedarse a conversar. Lucía imaginó un taller lleno a cualquier hora y escribió: «Toda la colonia se reunía allí». Al leer el borrador, su tío señaló que muchos clientes se marchaban enseguida; sus charlas eran frecuentes, pero no ocupaban cada reparación. Después, Lucía habló con una vecina que trabajaba por las tardes. Ella recordaba la calle desde el camino al mercado y casi no entraba al taller. Su relato incluía otros sonidos y otros encuentros. Lucía pensó que una de las dos versiones debía estar equivocada. La vecina le preguntó: «¿Mirábamos la calle desde el mismo lugar?». En casa, Lucía revisó el texto. Conservó las conversaciones del taller y agregó el recorrido de la vecina, atribuyendo cada recuerdo a quien lo contaba. No buscó una frase que borrara las diferencias. Cerró el relato con una escena inventada de dos personas que escuchan la misma calle desde ventanas distintas. Bajo esa escena escribió que era ficción. El cuaderno ya no contenía una voz presentada como retrato de toda la colonia: mostraba cómo dos experiencias podían iluminar partes distintas de ella.