Cuando cambié de secundaria, guardé en una caja las etiquetas de mis cuadernos anteriores. Mi apellido ocupaba casi todo el espacio; yo lo escribía cada vez más pequeño para dejar lugar al nombre de la materia. En el nuevo salón, una compañera me preguntó cómo se pronunciaba. Contesté deprisa y luego pasé la lista al siguiente compañero. Para la exposición de autobiografías, la maestra pidió un objeto que contara algo de nuestra historia. Llevé la caja, pero preparé una explicación sobre los colores de las etiquetas. Había anotado fechas y materias con cuidado. Del apellido, que aparecía en cada hoja, no había escrito nada. Pensé que así evitaría otra conversación incómoda. Mi hermana encontró mi borrador en la mesa y recordó que, de niño, yo buscaba mi apellido en los programas de las funciones escolares. Quería comprobar que estuviera escrito completo. Su recuerdo no coincidía con el mío: yo había contado aquellos años como una época en la que prefería pasar inadvertido. Dejé el borrador abierto junto a la caja. Al día siguiente, mi compañera me mostró su libreta. Había anotado la pronunciación que le di y quería saber si la había entendido bien. No se rio ni pidió una historia familiar. Yo había preparado una respuesta para una burla que todavía no había ocurrido. Le expliqué con calma y ella corrigió una sílaba de sus notas. Reescribí mi autobiografía sin borrar el primer borrador. Añadí el recuerdo de mi hermana y distinguí lo que sentía entonces de lo que hoy imaginaba haber sentido. En la exposición mostré dos etiquetas: una con el apellido apretado y otra en la que le había reservado espacio. No afirmé que las dos resumieran toda mi vida. Al recoger, mi compañera me pidió una etiqueta para su cuaderno. Le di una vacía. Mientras escribía su nombre, me dijo que le gustaban los bordes azules. Esa vez pudimos hablar de los colores sin que yo necesitara esconder lo demás. La caja volvió a casa con una etiqueta menos y un relato que ya no era el mismo.