Cuando regresé al taller escolar, el retrato seguía boca abajo. Yo llevaba una semana creyendo que Sara lo había escondido porque no le gustaba. Ella había dicho que faltaba algo, pero no quiso señalarlo frente al grupo. Antes de la exposición, me pidió que dejáramos libre la mesa junto a la ventana. Me molestó: era la mesa donde pensaba colocar mi pintura. La tarde anterior a esa petición, yo había terminado el retrato de mi abuelo. Lo pinté con las manos sobre las rodillas, mirando hacia nosotros. Sara miró largo rato el cuadro y después se acercó a la ventana. Pensé que buscaba una excusa para irse. Al día siguiente encontré la pintura boca abajo y di por terminada nuestra conversación. El conserje me explicó que había movido las pinturas cuando una gotera alcanzó la pared. Las dejó sobre la mesa para protegerlas y avisó a Sara, la primera en llegar. Yo recordaba haber visto a Sara junto al cuadro; no había preguntado quién lo puso allí. Levanté el retrato y comprobé que estaba seco. Sara volvió con una foto que yo le había prestado meses antes. Mi abuelo aparecía junto a una ventana, levantando una pieza de madera para verla a contraluz. «En tu cuadro no está haciendo nada», dijo. Yo había pintado sus manos con cuidado, pero había elegido una postura en la que apenas se distinguían. La foto seguía teniendo una esquina doblada por mi préstamo. No cambié el retrato esa tarde. Coloqué a su lado la fotografía y conté al grupo cómo mi abuelo revisaba sus trabajos. Dejamos libre la mesa de la ventana para observar la diferencia entre la luz de la foto y la pintura. Sara no dio la explicación por mí; acercó una silla para que otras personas pudieran mirar. Al cerrar el taller, puse el cuadro boca abajo para envolverlo. El mismo gesto que antes me había parecido un rechazo era ahora una precaución mía. En casa empecé otro retrato: mi abuelo sostenía una pieza de madera. Guardé el anterior. Todavía reconocía su cara, aunque al mirarlo recordaba más mi prisa por terminar que sus tardes de trabajo.