Cuando salía de la primaria, Joel solía mirar los papalotes de la tienda de su tía. Ella los construía con papel y varillas ligeras. Una tarde, Joel vio uno amarillo que llevaba su nombre. Su tía se lo entregó y le dijo que el sábado podrían probarlo en un espacio abierto, lejos de cables. El sábado llegaron con tiempo, pero apenas se movían las hojas de los árboles. Joel corría y el papalote subía un momento antes de caer. Se sentó en una banca y apretó el carrete. Pensó que había roto su regalo. Su tía revisó el papel, las varillas y el hilo; todo estaba en su lugar. Le propuso esperar. Mientras esperaban, Joel dibujó el papalote en su cuaderno. Cuando las hojas comenzaron a moverse, la tía sostuvo el papel y Joel soltó un poco de hilo. Esta vez el papalote se mantuvo en el aire. Joel dejó el dibujo a medias y se levantó sonriendo. Al regresar, añadió al cuaderno una frase: «Hoy aprendí que un regalo puede estar bien aunque todavía no sea su momento».