Esta historia es una ficción original y no una leyenda recogida de una comunidad. En una cocina inventada, Teresa guardaba una olla azul que mostraba escenas cuando alguien levantaba su tapa. Las escenas no aparecían sobre el agua, sino en el aire, como pequeñas ventanas. Su nieto Julián descubrió que cada ventana mostraba un domingo vivido junto a ella. Julián quiso encontrar la tarde en que su abuela le había enseñado a amasar. Levantó la tapa y vio a varias personas sentadas ante una mesa. Reconoció el mantel de aquel día, pero no pudo oír lo que decían. Acercó la olla a su oído y solo escuchó el golpecito de la tapa. Teresa llegó con una bolsa de harina y Julián le contó lo que buscaba. La abuela recordó que esa tarde él había puesto demasiada agua y ambos habían añadido harina para corregir la masa. Julián miró de nuevo la ventana y distinguió la mano pequeña junto al recipiente. Esta vez supo por qué la otra mano acercaba un puñado de harina. Al domingo siguiente quiso volver a practicar, sin abrir la olla. Teresa puso el recipiente sobre la mesa y él preparó los ingredientes. La olla azul permaneció en el estante. Julián buscó en su libreta el dibujo de aquel mantel y, junto a él, anotó la pregunta que había podido responder al hablar con Teresa.