Este es un relato inventado. En una calle de un pueblo que solo existe en esta historia había un árbol cuya sombra repetía la última palabra que alguien decía. No lo hacía en voz alta: la palabra aparecía escrita en el suelo, como si las hojas fueran letras. Mara llevaba un recado a su abuelo: el taller cerraría temprano y debía recoger su banco de madera antes de la tarde. Al pasar junto al árbol dijo «tarde». La sombra escribió esa palabra y Mara se quedó mirándola. Quiso probar otra. Dijo «luna» y las hojas formaron una luna redonda. Olvidó por un momento el recado. Un ruido de ruedas la hizo levantar la vista. El carpintero bajaba la cortina del taller; había terminado de limpiar y se iba a casa. Mara corrió a buscar a su abuelo. Él alcanzó al carpintero y recogió el banco. Al volver, preguntó por qué había tardado. Mara señaló el árbol, pero la sombra ya era corta y no mostraba letras. El abuelo no vio las palabras ni dijo que fueran imposibles. Le pidió que la próxima vez entregara primero el recado. Mara regresó al día siguiente con su cuaderno, después de cumplir un nuevo encargo. Se sentó a esperar: quería registrar lo que viera, en vez de olvidar otra vez para qué había salido.