El comité de la biblioteca de un plantel ficticio quiso conocer qué materiales usaba un grupo para estudiar. Invitó a sus treinta integrantes y recibió veinte formularios. Cada participante podía marcar varios materiales: apuntes, libros de consulta y videos. El comité no preguntó cuántas veces los usaban ni si los consideraban útiles. En la primera tabla aparecieron doce marcas para apuntes, nueve para libros y siete para videos. Una integrante sumó las marcas y escribió «veintiocho estudiantes». Otro compañero señaló que algunas personas habían elegido más de una opción. Volvieron a los formularios y separaron dos registros: uno contaba participantes y otro, selecciones. El total de marcas era mayor que el de personas, sin que hubiera formularios repetidos. Para la exposición, el equipo propuso el título «Los materiales favoritos del plantel». La tutora pidió comparar esa promesa con la pregunta realmente hecha. Se había consultado sobre uso, no sobre preferencia, y solo a un grupo. Tampoco se conocían las respuestas de quienes no entregaron el formulario. El nuevo encabezado fue «Materiales usados por quienes respondieron en este grupo». La consulta no perdió valor por reconocer sus límites. Ofrecía información para preparar una conversación sobre formas de estudiar. Antes de recomendar un material, el comité decidió preguntar para qué tareas se usaba y qué dificultades encontraban los estudiantes. Conservó los resultados iniciales como una primera descripción, no como prueba de eficacia.